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Friday, December 02, 2005


INSTANTÁNEAS EN LA OSCURIDAD

El Silencio, de Ingmar Bergman. Con Ingrid Thulin y Günnel Lindblom ( 1960 )



A principio de los años sesenta, Bergman da a luz su famosa trilogía sobre el silencio de Dios: “Detrás de un vidrio oscuro”, “Luz de invierno” y “El Silencio”. Las define como “piezas de cámara” (kammeraspielfilm). Las tres comparten elementos comunes: mínimo de personajes, unidad de tiempo y lugar, búsqueda de un sentido trascendente a la existencia en medio de la más atroz incomunicación. Es éste un espacio muy exiguo para desarrollar las múltiples lecturas posibles de estos tres filmes que en realidad son uno. Sólo quería señalar que es ésta pieza, “El Silencio” -que tiene la pregunta metafísica por excelencia- la que más clama por una respuesta divina. Dios es en esta película la excusa que necesitan sus personajes perdidos en no se sabe qué país extranjero ( ¿pero no somos todos extranjeros, estemos donde estemos? ) , para pedir por un mediador que los salve de la soledad y la angustia.
Nunca antes la cámara de Bergman se había detenido tanto y tan cercanamente en esos rostros, en esos primeros planos despiadados de los rostros de Ingrid Thulin, Gunnel Lindblom. Esta ampliación del rostro hasta llegar a la máxima desnudez posible (una desnudez que duele) , constituye unos de los momentos más sobrecogedores del cine contemporáneo. Podríamos borrar todas las tesis filosóficas, psicológicas, los diálogos, la música, y volveríamos a encontrar la pregunta esencial en esta apoteosis del rostro. Es en el fondo, un des-enmascaramiento. Un rostro es todos los rostros; su expresión de alegría ó de dolor, es la revelación de todos los dolores humanos.
Lo desconocido provoca miedo, y ante el miedo, el lenguaje revela su inutilidad.
El problema, entonces, no pasa a ser lingüístico, sino existencial. Bergman, en sus películas -y especialmente en esta trilogía- es quien mejor ha representado cinematográficamente la imposibilidad del hombre de comprender el mundo. Podría decirse de manera sencilla ó rápida que se trata de la ausencia -el silencio- de Dios; pero ninguna salvaciòn eterna recompensa este dolor, porque esta orfandad, es tan ìntimamente humana, que excede toda religión.
No es mucho, es cierto, pero es el único consuelo posible. Es el único consuelo que nos deja el realizador.
Es ésta una de las obras más “inasibles” del autor, por la complejidad, misterio y ambigüedad que emana; Bergman queda en soledad con sus preguntas, y entonces “El Silencio” se convierte en la exploración obsesiva, dolorosa e implacable de la intimidad de sus personajes. Rostros de sus actores, pero en especial de sus actrices; rostros de dolor, pero también de goce ( como goza Anna ) pieles, mínimos roces, besos, llantos, caricias, sonrisas; todo en planos cada vez más cortos, fotografiando un rostro como quien intenta violar sus secretos, como quien se aventura en terreno peligroso. ¿Qué hay detrás de un rostro, de una expresión?
La cámara de Bergman no ha dejado nunca de moverse, pero el movimiento es fijo, interno, es nuestra mente la que se mueve. La puesta en escena, ascética, espartana incluso, abreva en las fuentes del más rígido expresionismo. Nunca la oscuridad brilló paradójicamente con tanta maestría como en este film fundamental de Bergman.
Jorge Luis Borges aventuraba que una de las más oscuras inquietudes del hombre era que quizá el Ser Supremo no conozca nuestro rostro, que seamos meras cifras intercambiables en el azar del Universo.
El film concluye con el niño Johan leyendo un carta que su tía Esther le dejó, como quien descifra un mensaje secreto; la breve traducción de un idioma extraño, tan extraño como el mundo mismo.



1 Comments:

Blogger Unknown said...

monsieur, qué opinaría de Fellini o no le apetece para nada?

1:00 PM  

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